Ernesto Guevara. 1952
El Amazonas, con su cortejo tributario, configura un enorme continente pardo
enclavado en el centro de América. En los largos meses lluviosos, todos los cursos
de agua aumentan su caudal en tal forma que esta invade la selva convirtiéndola en
morada de animales acuáticos o aéreos. Sólo en las tierras, estas que, como
manchas emergen de la sabana parda de las aguas, se pueden refugiar las bestias
terrestres.
El caimán, la piraña o el canero son los nuevos peligrosos huéspedes de la Tronda, reemplazando al tigrilla, al yaguareté o al pecaré en la tarea de impedir al ser humano sentar sus reales sobre la maraсa. Desde la lejana época en que las huestes de Orellana, angustiadas y hambrientas, posaron su vista en ese mar barroso y lo siguieron en improvisados navíos hacia el mar, se han hecho miles de conjeturas sobre el exacto lugar donde nace el gigante. Mucho tiempo se consideró al Marañón como el verdadero nacimiento del río, pero la moderna investigaciуn geográfica ha derivado sus investigaciones hacia el otro poderoso tributario, el Ucallalí, y siguiendo pacientemente sus márgenes, desmembrándolo en afluentes cada vez mas pequeños, se llegó a un diminuto lago, que, en la cima de los Andes, da nacimiento al Apurimac, arroyo cantarнn primero, poderosa voz de la montaсa posteriormente, justificando entonces su nombre, ya que en quechua, apurimac significa el gran aullador. Allí nace el Amazonas. Pero, їquiйn se acuerda aquн de los lнmpidos torrentes de montaсa?. їAquн donde el rнo alcanzу su definitiva categorнa de coloso y su silencio enorme aumenta el misterio de la noche de la selva? Estamos en San Pablo, una colonia de enfermos del mal de Hansen que el gobierno peruano sostiene en los confines de su territorio y nosotros utilizamos como base de operaciones para entrar en el corazуn del bosque. En todas las imбgenes de la selva, ya sean los paraнsos policromos de Hudson o aquellas de sombrнos tonos de Josй E. Rivera, se subestima al mбs pequeсo y mбs terrible de los enemigos, el mosquito. AI caer la tarde, una nube cambiante flota en el agua de los rнos y se arroja sobre cuanto ser viviente pase por allн. Es mucho mбs peligrosa entrara la selva sin un mosquitero que sin un arma. Las fieras carniceras difнcilmente ataquen al hombre, no todas las "cochas" que hay que vadear estбn habitadas por caimanes o piraсas, ni los ofidios se arrojaran sobre el viajero para inocularle el veneno o ahogarlo en un abrazo de muerte: pero los mosquitos atacaran. Lo picaran inexorablemente en todo el cuerpo dejбndole, a cambio de la sangre que se llevan, fastidiosas ronchas y, una que otra vez, el virus de la fiebre amarilla o mбs frecuentemente, el parбsito productor del paludismo. Hay que descender siempre a lo pequeсo para ver al enemigo. Otro, invisible y poderoso, es el Anchylostorna, un parбsito cuyas larvas se introducen perforando la piel desnuda de las gentes descalzas y luego de un viaje por todo el organismo, se instalan en el tubo digestivo, provocando, con las continuas extracciones de sangre, anemias muy serias que padecen casi todos los habitantes de la zona, en mayor o menor escala. Caminamos por la selva, siguiendo el flexuoso [sic] trazo de un sendero indнgena, rumbo alas chozas de los Yaguas, aborнgenes de la regiуn. El monte es enorme y sobrecogedor, sus ruidos y sus silencios, sus surcos de agua oscura o la gota limpia que se desprende de una hoja, todas sus contradicciones tan bien orquestadas, reducen al caminante hasta convertirlo en un punto en algo sin magnitud, ni pensamiento propio. Para escapar al influjo poderoso hay que fijar la vista en el amplio y sudoroso cuello del guнa o en las huellas esbozadas en el piso del bosque que indican la presencia del hombre y recuerda la fuerza de la comunidad que lo respalda. Cuando toda la ropa se ha pegado sobre el cuerpo y varios manantiales resbalan por nuestras cabezas abajo, llegamos al caserнo. Un corto nъmero de chozas construidas sobre estacas, en un claro de la selva y un matorral de yucas, que constituye la base alimenticia de estos indios, son sus riquezas: efнmeras riquezas que deben ser abandonadas cuando las lluvias hinchen las venas de la selva y el agua los empuje hacia las tierras altas, con la cosecha de yucas y frutos de palmera que los harбn subsistir. Durante el dнa, los yaguas viven en casas abiertas con techo de palma y una plataforma que los aleja de la humedad del suelo, pero al caer la noche, la plaga de mosquitos es mas fuerte que sus cueros estoicos y el aceite de repugnante olor con que se untan el cuerpo, y deben refugiarse en unas cabaсas de hoja de palmera, a las que cierran hermйticamente con una puerta del mismo material. Las horas que dure la oscuridad permanecen encerrados en el refugio todos los integrantes de la tribu, para quienes, la promiscuidad en que transcurren no tiene efectos molestos sobre su sensibilidad, ya que las reglas morales por las que nos regimos no significan nada en su mundo tribal. Me asome a la puerta de la choza y un olor repugnante de untos extraсos y cuerpos sudorosos me repeliу enseguida. La vida de esta gente se reduce a seguir mansamente las уrdenes que la naturaleza da por intermedio de las lluvias. En esa йpoca invernal comen la yuca y las patatas recolectadas en verano y salen con sus canoas de tronco a pescar entre la maraсa de la selva. Es curioso verlos: una inmovilidad vigilante a la que nada turba yen la diestra el pequeсo arpуn levantado; el agua oscura no deja ver nada, de pronto, un movimiento brusco y el arpуn se hunde en ella, se agita el agua un momento y luego se ve solo la diminuta boya que este se lleva en un extremo, unida a la varilla por un hilo de uno o dos metros de largo. Los fuertes golpes de pala mantienen la canoa cerca del flotador hasta el momento en que el pez, exhausto, deja de luchar. En йpoca propicia viven tambiйn de la caza. A veces cobran una gran pieza con alguna vieja escopeta conseguida por quien sabe que extraсa transacciуn pero, en general, prefieren la silenciosa cerbatana. Cuando las bandas de micos cruzan entre el follaje, una pequeсa pъa untada de curare hiere a alguno de los monos; este, sin lanzar un grito, se extrae la incomoda punta y sigue su camino durante algunos metros, hasta que el veneno surte efecto y el mico se desploma vivo, pero incapaz de emitir un sonido. Durante todo el tiempo en que pasa la bulliciosa pandilla, la cerbatana funciona constantemente, mientras, la vigilante mirada compaсera del cazador va marcando en el follaje los puntos donde caen los animales heridos. Cuando el ъltimo mico, ajeno a la tragedia, se aleja, sin que una sola de las piezas quede sin recoger, vuelven los cazadores con su contribuciуn alimenticia a la comunidad. Festejando el arribo de los visitantes blancos, nos obsequiaron con uno de los monos cobrados en la forma relatada. En un improvisado asador preparamos el animal a la usanza de nuestras pampas argentinas y probamos su carne, dura y amarga pero con agradable sabor agreste, dejando entusiasmados a los indнgenas con la forma de aderezar el manjar. Para corresponder al regalo, entregamos dos botellas de un refresco que llevбbamos con nosotros. Los indios bebieron animadamente el contenido y guardaron las tapitas con religiosa unciуn, en la bolsa de fibra trenzada que llevan pendiente de su cuello y donde se encuentran sus mas preciados tesoros: algъn amuleto, los cartuchos, un collar de pepas, un sol peruano etc. Al volver, alga hostilizados por la noche que caнa, uno de ellos nos guiу por atajos que nos permitieron llegar antes al seguro refugio que significaban las telas metбlicas de la colonia. Nos despedimos con un apretуn de manos a la usanza europea, dбndome el guнa de regalo una de las fibras que formaban su pollera, ъnica vestimenta de los yaguas. Se ha exagerado mucho sobre los peligros y tragedias del monte, pero hay un punto en que tenemos una experiencia que certifica la verdad. Se dice siempre que es peligroso separarse del sendero trazado cuando uno marcha en la selva, y es cierto. Un dнa hicimos la prueba, relativamente cerca de la base de operaciones que habнamos tornado y de pronto nos miramos desconcertados, ya que el sendero que querнamos retomar parecнa haberse diluido. Dimos cuidadosas vueltas en tomo, buscбndolo, pero fue en vano. Mientras uno se quedaba fijo en un punto, otro camina en lнnea recta y volvнa guiado por los gritos. Hicimos asн una estrella completa, sin resultado. Afortunadamente, nos habнan puesto sobre aviso previniendo la situaciуn en que nos encontrбbamos y buscamos un бrbol especial, cuyas raнces forman tabiques de unos centнmetros de grueso que sobresalen de la tierra hasta dos metros a veces y que parecen hacer de sostйn adicional de la planta. Con un palo de regular tamaсo, comenzamos a darles con todas nuestras fuerzas a los tabiques vegetales: se produjo entonces un ruido sordo, no muy fuerte, pero que se oye a gran distancia, mucho mбs efectivo que un disparo de arma de fuego al que el follaje ahoga. Al rato, un indio de sonrisa burlona apareciу con su escopeta y con una seсa nos condujo al camino, mostrбndonos la ruta con un gesto: sin saber cуmo, nos hablamos separado unos quinientos metros del sendero. En general, se tiene la idea de que la selva es un lujurioso paraнso de alimentaciуn; no es asн. Un habitante conocedor nunca morirб de hambre en ella, pero si algъn incauto se pierde en el bosque los problemas alimenticios son serios. Ninguna de las especies de frutas tropicales conocidas por nosotros crece espontбneamente en йl como alimentaciуn vegetal silvestre hay que recurrir a ciertas raнces y frutos de palmera que sуlo una persona experimentada puede diferenciar de similares venenosos; es sumamente difнcil cazar a quien no este acostumbrado a ver en una ramita partida el rastro de algъn chancho del monte o un venado, a quien no conozca los abrevaderos y sepa deslizarse por la maraсa sin hacer el menor ruido; y pescar, en un lugar donde la densidad de animales acuбticos es tan grande, constituye, no obstante, un arte bastante complejo ya que existe una remota posibilidad de que los peces muerdan el anzuelo y el sistema de arponearlos no es sencillo ni mucho menos. Pero la tierra trabajada, Ўquй piсas enormes, que papayas, que plбtanos! Una pequeсa labor se ve recompensada con йxitos rotundos. Y sin embargo, parece que el espнritu de la selva tomara a los moradores de esta y los confundiera con ella. Nadie trabaja si no es para comer. Como el mono, que busca entre las ramas el diario sustento sin pensar en el maсana o el tigrillo que sуlo mata para satisfacer sus necesidades alimenticias, el colono cultiva lo preciso para no morirse de hambre. Los dнas pasaron con mucha rapidez en medio de trabajos cientнficos, excursiones y caberlas por los alrededores. Llegу la hora de la despedida y, la noche de la vнspera, dos canoas repletas de enfermos del mal de Hansen se acercaron al embarcadero de la zona sana de la colonia para testimoniamos su afecto. Era un espectбculo impresionante el que formaban sus facies leoninas, alumbradas por la luz de las antorchas, en la noche amazуnica. Un cantor ciego entonу huaynitos y marineras, mientras la heterogйnea orquesta hacia lo imposible por seguirlo. Uno de los enfermos pronuncio el discurso de despedida y agradecimiento; de sus sencillas palabras emanaba una emociуn profunda que se unнa a la imponencia de la noche. Para esas almas simples, el solo hecho de acercarse a ellas, aunque no sea sino con un afбn de curiosidad merece el mayor de los agradecimientos. Con la penosa mueca con que quieren expresar el cariсo que no pueden manifestar en forma de apretуn de manos, aunque sea, ya que las leyes sanitarias se oponen terminantemente, al contacto de una piel sana con otra enferma, se acabo la serenata y la despedida. La mъsica y el adiуs han creado un compromiso con ellos. La pequeсa balsa en que seguirнamos nuestro camino acuбtico estaba atestada de regalos comestibles del personal de la colonia y de los enfermos que rivalizaban en darnos la pifia mas grande, la papaya mas dulce, o el pollo mбs gordo. Un pequeсo empujoncito hacia el centro del rнo y ya estбbamos solo conversando con el. "Sobre las ancas del rнo viene el canto de la selva, viene el dolor que mitigan sobre las balsas que llegan. Y los balseros curtidos sobre las rutas sangrientas del caracol de los rнos vienen ahogando sus penas." Llevamos dos dнas de navegaciуn rнo abajo y esperбbamos el momento en que pareciera Leticia, la ciudad colombiana a donde querнamos llegar, pero habнa un serio inconveniente ya que nos era imposible dirigir el armatoste. Mientras estбbamos en medio del rнo, muy bien, pero si por cualquier causa pretendнamos acercamos a la orilla, sostenнamos con la comente un furioso duelo del que esta salнa triunfante siempre, manteniйndonos en el medio hasta que, por su capricho, nos permitнa arrimar a una de las mбrgenes, la que ella quisiera. Fue asн que en la noche del tercer dнa, se dejaron ver las luces del pueblo; y asн fue que la balsa siguiу imperturbable su camino pese a nuestros desaforados intentos. Cuando parecнa que el triunfo coronaba nuestros afanes, los troncos hacнan pirueta y quedaban orientados nuevamente hacia el centro de la corriente. Luchamos hasta que las luces se fueron apagando rнo arriba y ya nos нbamos a meter en el refugio del mosquitero, abandonando las guardias periуdicas que hacнamos, cuando el ultimo pollo, el apetecido manjar, se asustу y cayу al agua. La corriente lo arrastraba un poco mбs ligero que a nosotros; me desvestн. Estaba listo para tirarme, sуlo tenia que dar dos brazadas, aguantar, la balsa me alcanzaba sola. No sй bien lo que pasу; la noche, el rнo tan enigmбtico, el recuerdo, subconsciente o no, de un caimбn, en fin, el pollo siguiу su camino mientras yo, rabioso conmigo mismo, me prometнa tirarme y nuevamente retrocedнa, hasta abandonar la empresa. Sinceramente, la noche del rнo me sobrecogiу; fui cobarde frente a la naturaleza. Y luego, ambos, los compaсeros, fuimos enormemente hipуcritas: nos condolimos de la horrible suerte del pobre pollo. Despertamos varados en la orilla, en tierra brasileсa, a muchas horas de la canoa de Leticia adonde fuimos trasladados gracias a la amabilidad proverbial de los pobladores del gigantesco rнo. Cuando volбbamos en el "Catalina" de las fuerzas armadas de Colombia, mirбbamos abajo la selva inmensa. Un gran coliflor verde, interrumpido apenas por el hilo pardo de un rнo estrecho, desde la altura, se extendiу por miles de kilуmetros y horas de vuelo. Y por eso era sуlo una нnfima parte del gigantesco continente amazуnico con el que habнamos sostenido una intima amistad durante varios meses y a cuya franqueza nos inclinбbamos reverente. Abajo, emergiendo del follaje y flotando sobre los rнos, el espнritu de Canaima, el dios de la selva, levantaba su mano en seсa de despedida. Ernesto Guevara Serna __________________________________________ Información disponible en el sitio ARCHIVO CHILE, Web del Centro Estudios “Miguel Enríquez”, CEME: http://www.archivochile.com
El caimán, la piraña o el canero son los nuevos peligrosos huéspedes de la Tronda, reemplazando al tigrilla, al yaguareté o al pecaré en la tarea de impedir al ser humano sentar sus reales sobre la maraсa. Desde la lejana época en que las huestes de Orellana, angustiadas y hambrientas, posaron su vista en ese mar barroso y lo siguieron en improvisados navíos hacia el mar, se han hecho miles de conjeturas sobre el exacto lugar donde nace el gigante. Mucho tiempo se consideró al Marañón como el verdadero nacimiento del río, pero la moderna investigaciуn geográfica ha derivado sus investigaciones hacia el otro poderoso tributario, el Ucallalí, y siguiendo pacientemente sus márgenes, desmembrándolo en afluentes cada vez mas pequeños, se llegó a un diminuto lago, que, en la cima de los Andes, da nacimiento al Apurimac, arroyo cantarнn primero, poderosa voz de la montaсa posteriormente, justificando entonces su nombre, ya que en quechua, apurimac significa el gran aullador. Allí nace el Amazonas. Pero, їquiйn se acuerda aquн de los lнmpidos torrentes de montaсa?. їAquн donde el rнo alcanzу su definitiva categorнa de coloso y su silencio enorme aumenta el misterio de la noche de la selva? Estamos en San Pablo, una colonia de enfermos del mal de Hansen que el gobierno peruano sostiene en los confines de su territorio y nosotros utilizamos como base de operaciones para entrar en el corazуn del bosque. En todas las imбgenes de la selva, ya sean los paraнsos policromos de Hudson o aquellas de sombrнos tonos de Josй E. Rivera, se subestima al mбs pequeсo y mбs terrible de los enemigos, el mosquito. AI caer la tarde, una nube cambiante flota en el agua de los rнos y se arroja sobre cuanto ser viviente pase por allн. Es mucho mбs peligrosa entrara la selva sin un mosquitero que sin un arma. Las fieras carniceras difнcilmente ataquen al hombre, no todas las "cochas" que hay que vadear estбn habitadas por caimanes o piraсas, ni los ofidios se arrojaran sobre el viajero para inocularle el veneno o ahogarlo en un abrazo de muerte: pero los mosquitos atacaran. Lo picaran inexorablemente en todo el cuerpo dejбndole, a cambio de la sangre que se llevan, fastidiosas ronchas y, una que otra vez, el virus de la fiebre amarilla o mбs frecuentemente, el parбsito productor del paludismo. Hay que descender siempre a lo pequeсo para ver al enemigo. Otro, invisible y poderoso, es el Anchylostorna, un parбsito cuyas larvas se introducen perforando la piel desnuda de las gentes descalzas y luego de un viaje por todo el organismo, se instalan en el tubo digestivo, provocando, con las continuas extracciones de sangre, anemias muy serias que padecen casi todos los habitantes de la zona, en mayor o menor escala. Caminamos por la selva, siguiendo el flexuoso [sic] trazo de un sendero indнgena, rumbo alas chozas de los Yaguas, aborнgenes de la regiуn. El monte es enorme y sobrecogedor, sus ruidos y sus silencios, sus surcos de agua oscura o la gota limpia que se desprende de una hoja, todas sus contradicciones tan bien orquestadas, reducen al caminante hasta convertirlo en un punto en algo sin magnitud, ni pensamiento propio. Para escapar al influjo poderoso hay que fijar la vista en el amplio y sudoroso cuello del guнa o en las huellas esbozadas en el piso del bosque que indican la presencia del hombre y recuerda la fuerza de la comunidad que lo respalda. Cuando toda la ropa se ha pegado sobre el cuerpo y varios manantiales resbalan por nuestras cabezas abajo, llegamos al caserнo. Un corto nъmero de chozas construidas sobre estacas, en un claro de la selva y un matorral de yucas, que constituye la base alimenticia de estos indios, son sus riquezas: efнmeras riquezas que deben ser abandonadas cuando las lluvias hinchen las venas de la selva y el agua los empuje hacia las tierras altas, con la cosecha de yucas y frutos de palmera que los harбn subsistir. Durante el dнa, los yaguas viven en casas abiertas con techo de palma y una plataforma que los aleja de la humedad del suelo, pero al caer la noche, la plaga de mosquitos es mas fuerte que sus cueros estoicos y el aceite de repugnante olor con que se untan el cuerpo, y deben refugiarse en unas cabaсas de hoja de palmera, a las que cierran hermйticamente con una puerta del mismo material. Las horas que dure la oscuridad permanecen encerrados en el refugio todos los integrantes de la tribu, para quienes, la promiscuidad en que transcurren no tiene efectos molestos sobre su sensibilidad, ya que las reglas morales por las que nos regimos no significan nada en su mundo tribal. Me asome a la puerta de la choza y un olor repugnante de untos extraсos y cuerpos sudorosos me repeliу enseguida. La vida de esta gente se reduce a seguir mansamente las уrdenes que la naturaleza da por intermedio de las lluvias. En esa йpoca invernal comen la yuca y las patatas recolectadas en verano y salen con sus canoas de tronco a pescar entre la maraсa de la selva. Es curioso verlos: una inmovilidad vigilante a la que nada turba yen la diestra el pequeсo arpуn levantado; el agua oscura no deja ver nada, de pronto, un movimiento brusco y el arpуn se hunde en ella, se agita el agua un momento y luego se ve solo la diminuta boya que este se lleva en un extremo, unida a la varilla por un hilo de uno o dos metros de largo. Los fuertes golpes de pala mantienen la canoa cerca del flotador hasta el momento en que el pez, exhausto, deja de luchar. En йpoca propicia viven tambiйn de la caza. A veces cobran una gran pieza con alguna vieja escopeta conseguida por quien sabe que extraсa transacciуn pero, en general, prefieren la silenciosa cerbatana. Cuando las bandas de micos cruzan entre el follaje, una pequeсa pъa untada de curare hiere a alguno de los monos; este, sin lanzar un grito, se extrae la incomoda punta y sigue su camino durante algunos metros, hasta que el veneno surte efecto y el mico se desploma vivo, pero incapaz de emitir un sonido. Durante todo el tiempo en que pasa la bulliciosa pandilla, la cerbatana funciona constantemente, mientras, la vigilante mirada compaсera del cazador va marcando en el follaje los puntos donde caen los animales heridos. Cuando el ъltimo mico, ajeno a la tragedia, se aleja, sin que una sola de las piezas quede sin recoger, vuelven los cazadores con su contribuciуn alimenticia a la comunidad. Festejando el arribo de los visitantes blancos, nos obsequiaron con uno de los monos cobrados en la forma relatada. En un improvisado asador preparamos el animal a la usanza de nuestras pampas argentinas y probamos su carne, dura y amarga pero con agradable sabor agreste, dejando entusiasmados a los indнgenas con la forma de aderezar el manjar. Para corresponder al regalo, entregamos dos botellas de un refresco que llevбbamos con nosotros. Los indios bebieron animadamente el contenido y guardaron las tapitas con religiosa unciуn, en la bolsa de fibra trenzada que llevan pendiente de su cuello y donde se encuentran sus mas preciados tesoros: algъn amuleto, los cartuchos, un collar de pepas, un sol peruano etc. Al volver, alga hostilizados por la noche que caнa, uno de ellos nos guiу por atajos que nos permitieron llegar antes al seguro refugio que significaban las telas metбlicas de la colonia. Nos despedimos con un apretуn de manos a la usanza europea, dбndome el guнa de regalo una de las fibras que formaban su pollera, ъnica vestimenta de los yaguas. Se ha exagerado mucho sobre los peligros y tragedias del monte, pero hay un punto en que tenemos una experiencia que certifica la verdad. Se dice siempre que es peligroso separarse del sendero trazado cuando uno marcha en la selva, y es cierto. Un dнa hicimos la prueba, relativamente cerca de la base de operaciones que habнamos tornado y de pronto nos miramos desconcertados, ya que el sendero que querнamos retomar parecнa haberse diluido. Dimos cuidadosas vueltas en tomo, buscбndolo, pero fue en vano. Mientras uno se quedaba fijo en un punto, otro camina en lнnea recta y volvнa guiado por los gritos. Hicimos asн una estrella completa, sin resultado. Afortunadamente, nos habнan puesto sobre aviso previniendo la situaciуn en que nos encontrбbamos y buscamos un бrbol especial, cuyas raнces forman tabiques de unos centнmetros de grueso que sobresalen de la tierra hasta dos metros a veces y que parecen hacer de sostйn adicional de la planta. Con un palo de regular tamaсo, comenzamos a darles con todas nuestras fuerzas a los tabiques vegetales: se produjo entonces un ruido sordo, no muy fuerte, pero que se oye a gran distancia, mucho mбs efectivo que un disparo de arma de fuego al que el follaje ahoga. Al rato, un indio de sonrisa burlona apareciу con su escopeta y con una seсa nos condujo al camino, mostrбndonos la ruta con un gesto: sin saber cуmo, nos hablamos separado unos quinientos metros del sendero. En general, se tiene la idea de que la selva es un lujurioso paraнso de alimentaciуn; no es asн. Un habitante conocedor nunca morirб de hambre en ella, pero si algъn incauto se pierde en el bosque los problemas alimenticios son serios. Ninguna de las especies de frutas tropicales conocidas por nosotros crece espontбneamente en йl como alimentaciуn vegetal silvestre hay que recurrir a ciertas raнces y frutos de palmera que sуlo una persona experimentada puede diferenciar de similares venenosos; es sumamente difнcil cazar a quien no este acostumbrado a ver en una ramita partida el rastro de algъn chancho del monte o un venado, a quien no conozca los abrevaderos y sepa deslizarse por la maraсa sin hacer el menor ruido; y pescar, en un lugar donde la densidad de animales acuбticos es tan grande, constituye, no obstante, un arte bastante complejo ya que existe una remota posibilidad de que los peces muerdan el anzuelo y el sistema de arponearlos no es sencillo ni mucho menos. Pero la tierra trabajada, Ўquй piсas enormes, que papayas, que plбtanos! Una pequeсa labor se ve recompensada con йxitos rotundos. Y sin embargo, parece que el espнritu de la selva tomara a los moradores de esta y los confundiera con ella. Nadie trabaja si no es para comer. Como el mono, que busca entre las ramas el diario sustento sin pensar en el maсana o el tigrillo que sуlo mata para satisfacer sus necesidades alimenticias, el colono cultiva lo preciso para no morirse de hambre. Los dнas pasaron con mucha rapidez en medio de trabajos cientнficos, excursiones y caberlas por los alrededores. Llegу la hora de la despedida y, la noche de la vнspera, dos canoas repletas de enfermos del mal de Hansen se acercaron al embarcadero de la zona sana de la colonia para testimoniamos su afecto. Era un espectбculo impresionante el que formaban sus facies leoninas, alumbradas por la luz de las antorchas, en la noche amazуnica. Un cantor ciego entonу huaynitos y marineras, mientras la heterogйnea orquesta hacia lo imposible por seguirlo. Uno de los enfermos pronuncio el discurso de despedida y agradecimiento; de sus sencillas palabras emanaba una emociуn profunda que se unнa a la imponencia de la noche. Para esas almas simples, el solo hecho de acercarse a ellas, aunque no sea sino con un afбn de curiosidad merece el mayor de los agradecimientos. Con la penosa mueca con que quieren expresar el cariсo que no pueden manifestar en forma de apretуn de manos, aunque sea, ya que las leyes sanitarias se oponen terminantemente, al contacto de una piel sana con otra enferma, se acabo la serenata y la despedida. La mъsica y el adiуs han creado un compromiso con ellos. La pequeсa balsa en que seguirнamos nuestro camino acuбtico estaba atestada de regalos comestibles del personal de la colonia y de los enfermos que rivalizaban en darnos la pifia mas grande, la papaya mas dulce, o el pollo mбs gordo. Un pequeсo empujoncito hacia el centro del rнo y ya estбbamos solo conversando con el. "Sobre las ancas del rнo viene el canto de la selva, viene el dolor que mitigan sobre las balsas que llegan. Y los balseros curtidos sobre las rutas sangrientas del caracol de los rнos vienen ahogando sus penas." Llevamos dos dнas de navegaciуn rнo abajo y esperбbamos el momento en que pareciera Leticia, la ciudad colombiana a donde querнamos llegar, pero habнa un serio inconveniente ya que nos era imposible dirigir el armatoste. Mientras estбbamos en medio del rнo, muy bien, pero si por cualquier causa pretendнamos acercamos a la orilla, sostenнamos con la comente un furioso duelo del que esta salнa triunfante siempre, manteniйndonos en el medio hasta que, por su capricho, nos permitнa arrimar a una de las mбrgenes, la que ella quisiera. Fue asн que en la noche del tercer dнa, se dejaron ver las luces del pueblo; y asн fue que la balsa siguiу imperturbable su camino pese a nuestros desaforados intentos. Cuando parecнa que el triunfo coronaba nuestros afanes, los troncos hacнan pirueta y quedaban orientados nuevamente hacia el centro de la corriente. Luchamos hasta que las luces se fueron apagando rнo arriba y ya nos нbamos a meter en el refugio del mosquitero, abandonando las guardias periуdicas que hacнamos, cuando el ultimo pollo, el apetecido manjar, se asustу y cayу al agua. La corriente lo arrastraba un poco mбs ligero que a nosotros; me desvestн. Estaba listo para tirarme, sуlo tenia que dar dos brazadas, aguantar, la balsa me alcanzaba sola. No sй bien lo que pasу; la noche, el rнo tan enigmбtico, el recuerdo, subconsciente o no, de un caimбn, en fin, el pollo siguiу su camino mientras yo, rabioso conmigo mismo, me prometнa tirarme y nuevamente retrocedнa, hasta abandonar la empresa. Sinceramente, la noche del rнo me sobrecogiу; fui cobarde frente a la naturaleza. Y luego, ambos, los compaсeros, fuimos enormemente hipуcritas: nos condolimos de la horrible suerte del pobre pollo. Despertamos varados en la orilla, en tierra brasileсa, a muchas horas de la canoa de Leticia adonde fuimos trasladados gracias a la amabilidad proverbial de los pobladores del gigantesco rнo. Cuando volбbamos en el "Catalina" de las fuerzas armadas de Colombia, mirбbamos abajo la selva inmensa. Un gran coliflor verde, interrumpido apenas por el hilo pardo de un rнo estrecho, desde la altura, se extendiу por miles de kilуmetros y horas de vuelo. Y por eso era sуlo una нnfima parte del gigantesco continente amazуnico con el que habнamos sostenido una intima amistad durante varios meses y a cuya franqueza nos inclinбbamos reverente. Abajo, emergiendo del follaje y flotando sobre los rнos, el espнritu de Canaima, el dios de la selva, levantaba su mano en seсa de despedida. Ernesto Guevara Serna __________________________________________ Información disponible en el sitio ARCHIVO CHILE, Web del Centro Estudios “Miguel Enríquez”, CEME: http://www.archivochile.com

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